por qué caminos infaustos nos haces vagar enterrador

con los pozos arañados con los muelles de las camas

y los pellejos oreándose en las cuerdas

 

viniste con el sonajero que erosiona las telarañas

te arrodillaste buscando un mortero con espinas salpicadas de hipo

 

no puedo soportar que amanezca

 

el  muñeco de trapo taladra los menhires

mientras se peina azuzando las campanas

con la hoz que se camufla en el quicio del rellano

 

respiro más no existo

 

manchaste el paño con el cañón de la noche marcera

convocaste los cazas para impedir el sueño

malograste las huellas para embadurnar las tostadas con orines

mutilaste al ruiseñor que vertía miel al oído

 

aquí me quedo, con el estío

 

no podrás enarbolar banderas

el vendaval enreda tus pies de concertinas

y las largas colas buscan la sien donde descanse el vómito

 

las redes tejidas al borde del alcantarillado sellan la lana trasquilada de los corderos

mientras los yugos abren cauces

donde el hielo regurgite la bilis del palafrenero

y la mar pinte los pasillos con cenizas

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sospechas del tragaluz enterrador
cuando ni siquiera el cuarto oscuro decidió si ser disidente
 
los respiradores se apilan en las cunetas con barba de pocos días
 
los tobillos quedan relegados
como tendones amalgamados en una boca de riego
si a cada amanecer la savia se desparrama
los parásitos enmudecerán las grietas
 
túmbate e inicia el ritual
el amuleto de los jamelgos te guía
en el pueril intento de soslayar
las páginas más bellas de un cuento
 
esperas
en los raíles esculpidos en agua
mientras la vela prende el tardío instante
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el cebo ha picado enterrador

plácido vagas por las orillas

mientras la sombra cuelga del ojal

 

hace tiempo que dejaste de dormir al raso

la lumbre florece a los nudillos

y las páginas de sucesos garabatean las esquelas

 

la avena loca disipa todo acto de anquilosamiento

a medida que la leche tiñe tibia

la falange soterrada por el virus

 

imagina el bazo devorado por la sal

en esa playa donde los conejos paren

y las naranjas se refugian en los silos

 

deja de esculpir con soplete

los féretros ya son parte del viento

diseminados por la pulsión del veraneo

y el trigo pendiente de molienda

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pasea entre crisantemos enterrador
el empecinamiento chocó con la piedra
y el torso mutilado por el azogue

me conociste antes de obviarte
susurrando esos salmos que devora el filo

el rumor del último aliento
vibra en el dobladillo de tu camisa
con las horquillas a la deriva
y el tronco pasto de la elocuencia

y si el vecindario vomita palabras
sacúdete el mandil
y espolvorea la nausea con los polvos que envejecen la patata

instalé las cejas en las esquinas bañadas de mieses
para que las raíces arraigaran tras el decapitamiento

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las celdas lloran sabanas enterrador
la purpura venida de los sin techo
se cobijan en la maceración del cataclismo

puede
que las cañerías se vistan de cal
o que la jofaina limpie con arrojo la gabardina
para cuando el aletargamiento seduzca al geranio
quizás los renacuajos no les quede otra que sumergirse en la bañera

los truenos veraniegos ya no asustan a los críos
las hemipléjicas sartenes cansadas están de la refriega
y los colonos que se asientan en tierras movedizas
empiezan a aturdir al oído

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hedor me provocas enterrador
ese aliento que impregna
los nidos con sus crías

araste en filadelfia
la simiente de los esclavos
con el esternón más certero

los caídos son rastros que conducen al Aqueronte

esa bilis límpida
en papel de estraza
sin ni siquiera compartir
los orines que respira tu bazo

y a medida que los patios
sucumben a tu elegía
los gusanos se arremangan
para el más suculento de los banquetes

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ausculta el sudario enterrador
las arrugas ajaron los nichos
y el vinagre perfuma la azada
sin que el vaso soporte la rueca

deja que los nudos corredizos se agolpen
en las perlas del establo donde parsimonias
te regalaré un sinfín de impávidos óbolos
para que degustes la sopa

solo la piel de la oliva
endulza la catábasis
si empeñas algo más que aliento
la hormiga eclosionará el escondrijo

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tráeme las ánforas seniles enterrador
báñalas con tierra seca
y enmudece la inercia con desvaríos

tres ríos friegan el delantal
los barqueros te abren paso
mas no temas
las crines se desgañitan para que el sol no silbe

la fiebre desemboca en el puente que arrastra uñas
sin que el frondoso eco tamice las grietas del glaciar

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enrólate enterrador
contempla el mar de muertos desnudos
y posee todo aquello que despreciaste

no tienes medida
solo la vara de hebra de lino
y acomoda tu soberbio codo
a la sombra de la hiedra

lo ves
no ha sido para tanto
unos camiones pasando por mitad del pueblo
y el agujero por donde huyen los látigos

habría que ser agrimensor
para sobar los riñones que caen
suspendidos en el fútil mando de la cadena
y no permanecer en el cubículo

esperando

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sin hedor no eres nada enterrador
más vale que dejaras de acicalarte
y barruntaras otra epopeya
enterrando estrellas en tu sarcófago

sabes
naciste al final de una gran cola
con la hiedra arraigada en tus bolsillos
y unos peniques que sonaban a despedida

las sombras te convidaban
a satisfacer esos tesoros
tras el oculto silbido del presagio

restriégate en el amasijo de falanges
las sierpes que coronan tu sonrisa
no hacen ni gracia a la calavera
mas insistes
con el omoplato hincado en el incienso
que día tras día siegas con tu singular garbo

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